FinanzasNoticiasOpinionInversión sin fronteras › Escepticismo y paranoia colectiva
Inversión sin fronteras


Jorge Suárez-Vélez
FinanzasNoticiasOpinionInversión sin fronteras › Escepticismo y paranoia colectiva

Escepticismo y paranoia colectiva

3 de octubre de 2008, 07:19 AM


 

La palabra crédito tiene la misma raíz latina –“credere”- que el verbo creer. Por ello, cuando se dice que hay una crisis de crédito, yo usaría ese término en su acepción más amplia.

 

Los inversionistas no le creen a los bancos o a las empresas que han emitido deuda. Los bancos no le creen a quienes les deben dinero, y tampoco se creen entre sí. Nadie les cree a las calificadoras de riesgo y éstas no les creen a las entidades a las que tienen que calificar. Los contribuyentes no le creen al presidente, al congreso, o a las medidas que propone el gobierno. Los congresistas no creen que valga la pena empeñar todo su capital político para aprobarlas, pues no creen en su efectividad. Es difícil creer que el Secretario del Tesoro ha tomado decisiones con un criterio imparcial, o que los políticos tienen el mejor interés del país en la mira. Nadie cree.

 

Se dice que el ciclo para invertir tiene sucesivamente fases de optimismo, excitación, emoción, euforia, (después toca el punto de mayor riesgo para invertir), ansiedad, negación, miedo, desesperación, pánico, capitulación, desaliento, (después toca el punto de mayor oportunidad), depresión, esperanza, alivio, optimismo. Desde cualquier punto de vista, estamos más allá de la capitulación. La pregunta obligada es si este ciclo será diferente a otros. Si no lo es, pareciera que estamos muy cerca de oportunidades para invertir proporcionales al tamaño de la crisis.

 

Cuando hace algunos años escuchaba un argumento tras otro sobre por qué el boom de Internet señalaba el comienzo de una nueva era de prosperidad eterna, no lo creí. Cuando después oí otros que aseveraban que el boom inmobiliario marcaba el inicio de un permanente  periodo de crecimiento económico y bonanza, no lo creí. Hoy tampoco creo que el mundo se acabó y que las tinieblas se han apoderado para siempre del horizonte; el sol saldrá nuevamente, tarde o temprano lo hará.

 

Si usted lleva tiempo leyendo mis escritos, sabrá que el pesimismo me ha caracterizado desde la época en que muchos observadores permanecían en un estado de “euforia”. Siempre recordaré que una señora que había seguido mis comentarios en televisión me dijo que “un pesimista es simplemente un optimista bien informado”; y me dejó pensando si de verdad era percibido como alguien tan negativo, pero pronto se me pasó la preocupación pues, en mi opinión, las señales que marcaban que la fiesta iba a acabar estaban todas ahí. Sin embargo, si hubiera descrito el peor escenario posible, jamás hubiera vislumbrado un desenlace como el que hoy vivimos.

 

Ahora, me doy cuenta de que esta es la tormenta perfecta. Para serlo, tiene que coincidir un nivel de optimismo que no admitía duda, con una serie de acontecimientos poco probables que en forma aleatoria coincidieron con el punto de inflexión en el ciclo.

 

Creo que el optimismo excesivo provino de la coincidencia de tres factores que generaron alto crecimiento económico y enorme prosperidad. Primero, los extraordinarios niveles de liquidez que la Reserva Federal de Alan Greenspan –y los bancos centrales del mundo- inyectaron después de que reventó la burbuja de Internet. Después de regañar una y otra vez al banco central japonés debido a su tibia intervención para abatir a la amenaza deflacionaria en la época posterior a su desplome bursátil, predicaron con el ejemplo al inundar de liquidez a la economía, sin dejar lugar a duda.

 

Una acción monetaria de tal magnitud genera siempre presión inflacionaria, pero no esta vez. Los precios se mantuvieron estables debido a la abundancia de trabajadores en la nueva economía globalizada. La incorporación de los trabajadores de Brasil, Rusia, la India y China a la fuerza laboral mundial, duplicó la oferta de trabajadores entre 1990 y 2005.

 

A la creciente demanda por bienes se respondió con oferta creciente a precios estables. Esto desafiaba a un ciclo económico normal donde conforme se agota uno de los factores de producción –típicamente la mano de obra- la escasez de ésta provoca incremento en los salarios que eventualmente se reflejan en mayores precios de bienes y servicios. La inflación lleva a que el banco central en cuestión suba las tasas de interés para enfriar la economía, y se empieza a crecer menos.

 

En este caso, cientos de millones de brasileños, rusos, indios y chinos proveyeron de una fuente inagotable de trabajadores baratos. La consecuencia fue que el ciclo de crecimiento fue particularmente largo debido a la ausencia de inflación. Simultáneamente, el factor escaso fue el capital, por lo cual la rentabilidad del mismo llegó a niveles que no habían sido vistos en más de setenta años.

 

El tercer factor provino de la misma “revolución tecnológica”, la adopción generalizada de Internet permitió que se globalizaran tanto los procesos productivos como la oferta de servicios. Hoy no nos sorprende que el centro de llamadas de una empresa estadounidense esté en la India, que los planos para un edificio en Alemania se dibujen en Singapur, o que una campaña de publicidad sueca se desarrolle en Argentina. El mundo se volvió “plano” y la presencia de mano de obra barata en un país tuvo la posibilidad de beneficiar la estructura de costos de otro.

 

Además, la adopción de computadoras personales, “laptops”, PDA’s (Blackberry’s, iPhones, etc.) permitió un crecimiento en la productividad que incidió también en menos inflación.

 

El largo periodo de expansión económica generó altos niveles de gasto en consumo apuntalados por el acceso a crédito barato que fue la consecuencia de la abundante inyección de liquidez. Ésta llevó a que el costo del dinero bajara a su menor nivel en cincuenta años. El resto de la historia lo sabemos, y he escrito mucho sobre el tema. Una de las consecuencias evidentes fue el enorme crecimiento en el acervo de deuda en la economía estadounidense.

 

Martin Wolf, el extraordinario columnista del Financial Times, dice que entre 1980 y 2007 éste creció de 163% del Producto Interno Bruto, a 346%. Lo interesante de este salto es que los dos sectores que contribuyeron a este crecimiento fueron las familias estadounidenses –cuya deuda creció de 50% del PIB a 100% en el mismo periodo- y el sector financiero que pasó de sólo 21% a 116% por las razones que expliqué en mi último escrito.

 

Ni las empresas ni el gobierno participaron significativamente en el proceso, lo cual –en esta coyuntura- le da mayor margen de maniobra este último que tiene aún capacidad para endeudarse. Esto a pesar de que la administración del Presidente Bush generó una expansión del déficit fiscal, en medio de la fuerte fase de crecimiento económico que se vivió en su administración. En una concepción keynesiana del ciclo, lo lógico hubiera sido que se presentara una contracción del déficit en la fase de crecimiento, y una expansión del mismo en la fase recesiva.

 

Debido a que dos tercios del acervo de deuda estaban en manos de entidades estadounidenses, la colosal magnitud del endeudamiento lleva a que -cuando se presenta una crisis económica- quienes deben tengan dificultades para pagar; y a que, al no hacerlo, provoquen la quiebra de un gran número de acreedores.

 

Dado que no sabemos cuáles acreedores tienen en sus manos (es decir, en sus libros) la deuda que no está siendo pagada, se provoca paranoia masiva. Los acreedores no saben quiénes tienen muertos en el clóset y, a su vez, dudan de la capacidad de pago de los potenciales deudores. Esta situación crea una condición a la que el famoso economista Irvin Fisher llamó de “deflación de la deuda” en su famoso libro Teoría de las Grandes Depresiones.

 

En éste, Fisher habla de nueve etapas del proceso:

 

  1. La liquidación de deudas lleva a ventas de pánico.
  2. Se contraen los depósitos bancarios y no se renuevan líneas de crédito. La “velocidad” del crédito baja. En combinación con las ventas de pánico:
  3. Caen los niveles de precios, a no ser que masivamente el banco central “infle” la economía.
  4. Cae el valor de los negocios, precipitando quiebras.
  5. Cae la generación de utilidades de las empresas.
  6. Se reduce la producción, el comercio y los niveles de empleo.
  7. Hay pesimismo y se pierde la confianza.
  8. La gente deja de gastar y guarda cuanto puede, ante la incertidumbre.
  9. Suben las tasas de interés reales, pero baja la tasa de interés nominal (debido a la presencia de deflación).

 

¿Ve usted el punto tres? El Secretario del Tesoro Paulson y el Presidente de la Reserva Federal Bernanke también lo ven. Saben que en una situación como la actual el principal riesgo es deflacionario y, por ello, van a proceder a dejar que el déficit fiscal estadounidense se extienda hasta donde sea necesario con el objeto de “inflar” y evitar lo que pudiera convertirse en una depresión.

 

El llamado TARP (“troubled asset relief program” o programa para el alivio de activos en problemas) es el vehículo que el Tesoro de los Estados Unidos ha ideado para romper el ciclo.

 

Este programa intenta vencer de tajo al “escepticismo financiero”, y quitarle de golpe a los bancos comerciales créditos que han otorgado y que no pueden cobrar, bonos que están respaldados por ese tipo de crédito, u otros activos donde tienen sus recursos atorados.

 

El problema que presenta este tipo de papel “tóxico” es que cuando los bancos se prestan entre sí, lo cual ocurre todos los días, es necesario que confíen en la calidad de los activos que unos le dan a los otros como garantía de ese préstamo. Si existe la posibilidad de que entre ésta venga escondido un poco de colateral radioactivo, preferirán simplemente no prestar.

 

Esa es, precisamente, la crisis que vivimos. Si los bancos cierran la llave del crédito entre ellos, la única posibilidad que queda es la de recurrir al gobierno para pedirle prestado a éste. Por ello se dice que la Reserva Federal (el banco central estadounidense) le dio acceso a la “ventanilla” en forma ilimitada tanto a los bancos comerciales como a los bancos de inversión (casas de bolsa). El riesgo era que, de no hacerlo, pudiera llegar un cuenta-habiente a sacar su dinero a una sucursal bancaria y le respondieran que el banco no tenía liquidez para pagarle, ocasionando una corrida contra la institución.

 

Ahora, el banco central toma todo tipo de activo como colateral, con tal de que los bancos tengan liquidez para cubrir sus obligaciones. En esta semana (de lunes a jueves), la Reserva Federal le ha dado 409 mil millones de dólares a los bandos –una cifra récord- y la semana pasada les dio 250 mil millones.

 

Sin embargo, el proceso de quitarle esos activos a los bancos genera todo tipo de problemas e injusticias. Para empezar, se está premiando a los bancos más irresponsables. Claramente, aquellos bancos que están inundados de activos “tóxicos” podrán pasarle más papel al gobierno que aquellos bancos que no los tenían o que ya se han ido dolorosamente deshaciendo de éstos. En teoría, el gobierno creará mecanismos para deshacerse gradualmente de estos activos y, en caso de que el proceso arroje pérdidas, forzarán al banco en cuestión a pagarle con acciones. Pero ese proceso tomará años.

 

En mi opinión, y en la de mucha gente infinitamente más inteligente, es un error que el gobierno compre directamente el papel tóxico de los bancos, y posteriormente vaya a salir a venderlo. El proceso presenta retos importantes. Primero, porque decidir a qué precio hacerlo es todo menos una decisión objetiva. Déjeme darle un ejemplo. Sabemos que muchos bancos comerciales que han tenido que embargarles propiedades a personas que no pudieron pagar su hipoteca han podido recuperar en promedio alrededor de 65% de su dinero al vender el inmueble. Sin embargo, dada la brutal escasez de liquidez en el mercado, valores con garantía hipotecaria reflejan una tasa de recuperación de alrededor de 30%.

 

Si el gobierno decide comprarle a los bancos ese papel asumiendo una recuperación de 65%, estará castigando a los contribuyentes, pues difícilmente podrán vender éste posteriormente y ganar dinero. Si, entonces, deciden pagar en base a 30%, cuidan el dinero del contribuyente pero, probablemente, se quedan cortos en el proceso de capitalizar a los golpeados bancos, provocando una serie de quiebras.

 

Es por ello que cuando se compara al TARP con el RTC (“Resolution Trust Corporation”), la entidad creada por el gobierno estadounidense para liquidar los activos que estaban en los libros de los “Savings and Loans” (un tipo de empresa financiera que quebraron en los ochenta), la comparación es engañosa. La RTC se tomó seis años en vender 394 mil millones de dólares de activos que ya estaban en las manos del gobierno ante la quiebra de éstos; ahora, el reto empieza por decidir a qué precio comprar.

 

Cabe también señalar que, en aquella ocasión, desde el momento en que se legisló para crear y fondear la RTC hasta el momento en el que se empezó a vender, pasaron seis meses. Ahora, se espera que las reglas para adquirir esos valores se determine en semanas, ante la imperiosa necesidad de liquidez y capital que tiene la banca. Es importante recordar que las fuentes de fondeo de los bancos se han secado, pues los depositantes están asustados. Por ello, hoy dependen en forma creciente del fondeo que proviene del gobierno, lo cual afecta cada día más a la rentabilidad de su operación.

 

Una solución infinitamente mejor sería que -en vez de comprar y sacar los activos tóxicos de los libros de los bancos- el gobierno utilizara sus recursos para capitalizar a las instituciones que vayan cayendo en desgracia, comprando acciones preferentes. Esto haría que sean los mismos bancos los que tienen que ir saliendo a venderlos, tratando de minimizar su pérdida (pues a mayor pérdida, tienen que darle más acciones al gobierno, diluyendo a los accionistas originales).

 

Nadie conoce mejor a los muertos que quien los ha puesto en su clóset. Por ello, son los bancos quienes están más calificados para deshacerse de éstos. Poner al gobierno a vender garantiza que se tendrán que llevar a cabo subastas donde los potenciales compradores tienen infinitamente mejor información que el vendedor, lo cual asegura mayores pérdidas. Además, aportar comprando capital, y no simplemente sacando la basura, golpea más (diluyendo a los accionistas) a aquellos bancos que han sido menos cuidadosos al dar crédito.

 

Pero el TARP es el programa que está sobre la mesa y sería infinitamente más dañino no pasarlo que tener que vivir con un programa mal diseñado. Mientras escribo esto estamos en espera de que el congreso estadounidense decida si apoyará o no la iniciativa del poder ejecutivo.

 

Quizá nunca ha habido una aprobación tan impopular y a la vez tan necesaria. Dos tercios de los estadounidenses la rechazan y, se dice, los congresistas reciben cien cartas para rechazarla por cada carta que les envían apoyándola.

 

Partiendo de que después de la sesión del lunes se requería de doce votos adicionales para la aprobación, creo que es posible estar razonablemente optimistas sobre el posible resultado. La aprobación, sin embargo, solamente previene un desenlace que pudiera resultar trágico. Aún con el plan aprobado, la situación seguirá siendo extremadamente delicada.

 

Las columnas, artículos, mensajes de foros y cualquier otro servicio provisto por Yahoo! en Español Finanzas tienen sólo un propósito informativo en materias de finanzas e inversiones y no deben ser tomados como asesoría al inversionista. Bajo ninguna circunstancia la información que se presenta en este contexto representa una recomendación para comprar, vender o retener valores. Los puntos de vista y opiniones expresadas en un artículo o columna corresponden exclusivamente al autor, Yahoo! no los comparte necesariamente, ni implican un aval de Yahoo! a ningún consejo o estrategia de mercado.



Derecho de Autor © 2009. Yahoo! En Español, Inc. Yahoo! En Español, Inc.. Todos los derechos reservados.
Normativa de Confidenclidad - Condiciones para el Servicio


Cotizaciones retrasadas, si no indica lo contrario.
Hay un atraso de 15 minuntos para el NASDAQ y 20 minutos para NYSE y Amex. También vea los tiempos de retraso para otros mercados.

Las cotizaciones y otra infromación fueron provistas por proveedores iependientes que están identificadas en la página de participantes de Yahoo! En Español. El índice S&P 500 fue provisto por Comstock.

Toda la información se provée "tal como es" para propósitos informativos solamente, y no para propósitosnegociación o recomendación. Antes de iniciar una transacción, te sugerimos que consulta tu asesor financiero para verificar la información. Ni Yahoo! En Españ cualquier proveedor independiente es responsable por errores, faltas o retrasos acerca de esta información, o cualquier acción tomada en relación con la informan contenida aquí. Ingresando al sitio de Yahoo! En Español te compromete a no distribuir la información contenida aquí.